25.6.06

Y si el Diablo hablara...

[Quiera Satán que todos hayan disfrutado de una fantabulosa noche de San Juan]

En el fondo del fondo del fondo, nadie habita más profundo que yo. Soy el origen de todos los abismos. Soy el que da vida a las grutas oscuras, el que conoce el centro en torno al cual giran todas las densidades. Soy la viscosidad de todo cuanto trata en vano de ser formal. La suprema fuerza del magma. La pestilencia que denuncia la hipocresía de los perfumes. La carroña madre de cada flor. El corruptor de los espíritus vanidosos que se revuelcan en la perfección.

Soy la consciencia asesina de lo perpetuamente efimero. Yo soy, encerrado en el subterráneo del mundo, quien hace temblar la catedral estúpida de la fe. Yo soy quien, de rodillas, muerde y ensangrienta los pies de los crucificados. Quien presenta al mundo, sin pudor, sus llagas abiertas como vaginas hambrientas. Yo violo el huevo pútrido de la santidad. Hundo la erección de mi pensamiento en el sueño mórbido de los hierofantes, para escupirles en pleno simulacro el esperma frío de mi desprecio.

Conmigo no hay paz. No hay dulce hogar establecido. Ni Evangelios almibarrados. Ni virgen de azúcar para lenguas humedas de monjas apáticas. Defeco soberanamente sobre los pájaros leprosos de la moral. No me impido imaginar a un profeta a gatas montado por un asno en celo. Soy el cantor extasiado del incesto, el campeón de todas las depravaciones, y abro con deleite, con la uña de mi meñique, las tripas de un inocente para mojar en ellas mi pan.

Sin embargo, desde lo más hondo de la caverna humana, enciendo la antorcha que organiza las tinieblas. Por una escalera de obsidiana llego al pie del Creador para ofrendarle el poder de la transformación. Sí: ante la divina impermanencia, lucho por conservar el instinto, para fijarlo como una escultura fluorescente. Lo ilumino con mi consciencia, y retengo hasta que estalle en un nueva obra divina el universo infinito, laberinto inconmesurable que se desliza entre mis garras, presa que se me escapa entre los dientes, huellas que se desvanecen como un perfume sutil...

Y me quedo ahí, intentando unir todos los segundos unos con otros, detener el flujo del tiempo. Eso es el infierno: el amor total hacia la obra divina que se desvanece. Es Él el artista: invisible, impensable, impalpable, intocable. Yo soy el otro artista: fijo, invariable, oscuro, opaco, denso. Antorcha que arde eternamente con fuego inmóvil. Yo soy quien quiere engullir esta eternidad, esa gloria imponderable, clavarla en el centro de mi vientre y parirla como una ciénaga que se desgarra para eyectar el tallo en cuyo extremo se abrirá el loto donde brilla el diamante. Así, yo, lacerando mis tripas, quiero ser la Virgen suprema que pare a Dios y lo inmoviliza en una cruz para que se quede eternamente aquí, conmigo, siempre, sin cambio, permanente permanecia.

(A.J.)

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