26.7.06

¿Por qué al Diablo de Dios?

El siguiente texto es una colaboración de Ludo.

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¿Por qué al Diablo de Dios?
(en respuesta a un amigo que se la tenía merecida)

si el placer es un pecado,
bienvenidos al Infierno
Flema



De acuerdo con mi precario conocimiento de la mitología cristiana (digo precario en cuanto no me he instruido específicamente para darle caña ahorita, sino que más bien guardo recuerdos y recopilo experiencias atañables a, en compromiso goloso con el transitar por Babilonia), empecémosla con que el Diablo y Dios se pelearon. Chocaron, y se mostraron los dientes; cada cual más filoso, vaya uno a saber. El asunto es que Dios, patriarca, patrón de fundo, acabó por mosquear al que era su ángel, y éste decidió irse por el camino que fuere, sígame quien me siga. Este camino acabó siendo “el mal camino”. En un principio simplemente eran rivales. Simples diferencias de opiniones, gustos, costumbres, ambiciones varias.

Ahora, Occidente es la estructura formal y espiritual del Reino de Dios. La aldea global, la civilización que se expandió como plaga cuadriculada y ruidosa en Su nombre (recordemos que hablamos de vejación, saqueo, esclavitud, explotación, exterminio de sabidurías ancestrales, exterminio de incontables especies vegetales comestibles y demás urbanidades), es el resultado de una cosmogonía apropiadora y etiquetadora: ansiosa, codiciosa, funcional. Occidente está edificado en torno a la voluntad de Dios. Dios que ni siquiera es Cristo, sino que es el Bien. In God we Trust es el lema del Imperio de los buenos contra los malos. El monarca que adoctrina la vida en campos de trabajos forzados, encerrando a los niños. Dios que es propaganda que edifica palacio y rejas para palaciosóloparamí.

La ideología configura la existencia de acuerdo a las condiciones primarias impuestas por Dios a quienes pretendían su camarilla. Si bien actualmente la ideología es incluso la comida o el uniforme civil, si bien está impresa invisible en todo, gran parte de ella es quien es gracias a la propaganda. Nadie sabe a ciencia cierta (vaya términos) lo que predica el Diablo. Algunos farfullan por ahí, pegoteándose cuernos entre las cejas, pero lo que realmente se entiende por lo que hace el Diablo es lo que nos ha dicho Dios que hace el Diablo. Nada más (guardaré el debido respeto para los verdaderamente entendidos en los asuntos del Diablo, que de seguro se traen bastante de ellos mismos entre manos). Una vez que se pelearon, la humanidad optó (o, ¿eran ya subordinados?) por Dios –aunque esto también es lo que Él cuenta–, y éste se encargó de dejar bien mal parado a su antiguo compinche. Empezó a lanzar culebras, y a decir que venían del Diablo. Empezó a sembrar cizaña, y se lo atribuyó al mismo Diablo. Se largó a chismorrotear y a hacer mala propaganda, que justamente era mala porque se refería al Diablo, que es Malo, en cambio, Yo soy Bueno.

Ése fue el truco. Yo soy Bueno, Él es Malo. Así de simple.

Y dijo, con voz de pito: “No tocaréis mis juguetes. Eso es malo. No sonreirás coquetonamente a mi mujer. Eso es malo. Lo que les digo es Bueno, puesto que Yo soy Bueno, y lo que les digo es Malo es asunto del Diablo, que es Malo. Todo lo que Él hace es Malo, puesto que me ha desobedecido. Y no se equivoquen, que en esta película soy galán y Bueno”. Se las arregló con semejantes argumentos, nada de vivo.

Creció en forma de Iglesia y opulencia: poder. Se repitió tanto que se desacralizó completamente, pero asustó lo suficiente, lo justo y necesario, aporreando la misma cantinela, una y otra vez: no hagan esto (que es Malo), sino el Diablo les castigará eternamente, pues al parecer le divierte. Hagan esto otro, y eternamente podrán adorarme en mis aposentos privados. Llamó Virtudes a todas sus manías y ocupaciones y Pecados a todas las del Diablo. Y extrañamente (pero qué oratoria) se las encargó para explicar que el Diablo castiga a quienes obran como Él lo hace, siendo que de esta manera se aparece como un vil torturador policíaco al servicio de los designios de Dios. Su arma secreta. ¿Por qué el Diablo castigaría al pecador, si es que él disfruta pecando? ¿No debería alentarle, congratularle? ¿Es posible que se hallen confabulados?

Según recuerdo la historia de Job, Dios apuesta al Diablo: “fijo que si le asesino a todos sus seres queridos, le destruyo todas sus posesiones (que no son pocas), le atormento con plagas, pestes y desdichas y no le dirijo jamás la palabra y ni siquiera un guiño, sigue adorándome y besándome el culito”. “Vamos”, debe de haber dicho el Diablo, y perdió la apuesta, porque era un Mal jugador. Y Job, un Excelente creyente. Esto hace suponer que por lo menos se cartean en secreto. Seguro que se juntan a tomar el té. Según lo cuenta Dios, claro está.

La simplona dicotomía Bien/Mal sitúa a ambos personajes en un nivel jerárquico similar. La conveniencia circunstancial que Dios hubo de hallar en variados momentos de su candidatura política monarcal requiere de una buena cuota de participación por parte del Diablo, a quien de tanto pelarle le ha enrojecido Dios más que las orejas. Seguramente que cuenta con momentos notables. Magnífica charlatanería demonizante que le acarreó importantes adherentes, utilizando la figura del Diablo como chivo expiatorio para autoproclamarse Bueno y viable. Tal como al sacerdote, en sus programáticas reiteraciones de la propaganda de Dios, le es útil el pecado, para Dios la idea del Diablo ha sido su mejor carta. Atribuyendo al Diablo todo lo que no podía incluir en su campaña pues acarreaba significantes lágrimas, Dios ilustró la muerte como el peor de los horrores, lo más temible, valiéndoselas de que el acercarse a olisquear siquiera la respingada cola del Diablo conllevaría inevitablemente al desvarío infinito. El Diablo es para los cuentos de Dios, una vez más, el ejecutor de una condena planificada por y para sus propios intereses: el verdugo de Dios, su colaborador secreto, su mano derecha.

Retomando un momento al amistoso Epicuro:

“¿Está dispuesto Dios a prevenir la maldad pero no puede hacerlo?
Entonces no es omnipotente.
¿Puede hacerlo pero no quiere?
Entonces es malévolo.
Si no puede ni quiere prevenir la maldad, entonces, ¿para qué llamarlo Dios?”

Me animo entonces a agregar un apartado más a esta impresionante demostración de cinismo:

¿Tiene realmente Dios un Paraíso Terrenal pero no lo quiere prestar?
Entonces no es más que un gran egoísta.

Situándonos en el contexto Paraíso Terrenal / convivencia armoniosa y salvaje, nos encontramos con que Dios no figura en ninguna parte, así como no sea actor de aquel mismo cuadro. Tal como las innumerables y plácidas especies animales y vegetales que cohabitaban en el Paraíso (que no es más que la ilustración mitológica de un estado primigenio salvaje y pre-patriarcal), tal como la especie humana (que la asesoría política de Dios Padre optó por engatusar sabiamente con aquello de “el centro de la Creación”) se enredaba libremente entre floresta y abundancia, la Serpiente, que luego hubo de ser demonizada hasta alcanzar ribetes ingenuamente histriónicos, reptaba su luctuosa voluntad con autonomía y sin significación malévola alguna. En este contexto, Dios no representa autoridad alguna: es el Caos primordial, el flujo enrevoltijado del deseo y el juguetear irremediable de la espontaneidad de la Naturaleza la única “ley” reconocible, si nos ponemos en el caso de interpretar la ley como algo intrínseco a la vida, y no como estandarización formal de la Ley Humana, que es la Ley del Padre. El papel de Dios en este estado primigenio y armónico no existe, pues no se puede dar lo que no se tiene, y la promesa del Paraíso no hubo de existir hasta que Dios se apropiase del devenir de la vida, demonizase a la Serpiente (que es reconocida figura simbólica de la Sexualidad de la Mujer pre-patriarcal para numerosas sabidurías ancestrales), y sentenciase al Macho humano a ganar el pan con el sudor de su frente, y a la Hembra humana a parir con dolor y a sufrirse las menstruaciones.

Según cuenta Dios, el Paraíso le pertenece, y, como buen propietario, puede hacer con él lo que mejor le plazca. Supuestamente, la Serpiente (que luego hubo de ser el Diablo y que según se entiende del mismo cuento se relacionaba bastante bien con la Hembra humana) ofrece la tentación de comer del único fruto prohibido del Paraíso, puesto a disposición de cualquiera por el mismo Dios, y tanto Hembra como Macho humanos se sirven de su delicia, en vista de lo cual Dios se mosquea hasta lo irrisorio. De esta acción se desprende la Expulsión del Macho y la Hembra humanos (desde ahora y hasta ahora en ese orden) del Paraíso Terrenal. Las demás especies se precian de continuar gozando de sus generosos caprichos, a no ser por la recomendación inescrupulosa que Dios hace a los recién exiliados: “ya, bueno, no tendrán el Paraíso, pero hagan lo que quieran con todo lo demás, Yo se los regalo.” Y de ahí que las pretensiones de dominación que los nuevos vástagos de la Ley del Padre heredaron han enjaulado y erosionado bastante la armonía salvaje.

Sea como fuere, en el cuento de Dios tanto el fruto prohibido como la Serpiente fueron dispuestos por Él para que ocurriese lo que Él dice que ocurrió. Si hasta entonces Dios no tenía poder alguno sobre el Caos primigenio, necesitó de alguna artimaña para adjudicárselo, y si el Diablo colabora como verdugo de su Ley, no es difícil imaginar que todo fue un sucio ardid político para hacerse con el poder de una Buena vez.

Si hasta entonces la especie humana convivía en armonía y en estado salvaje, y la Hembra humana mantenía estrechas relaciones con la Serpiente, luego de que Dios se irguiera monarca y pintara el escenario de un modo bastante desgarrador y macabro (trabaja y no llores, que eres un marcado), supuestamente se instaura el Patriarcado, que no es sino una extensión de la política patronal de Dios. Y aunque la Serpiente hubo de serle útil para sus bonitos propósitos, Dios no dudó en señalarla como la principal causante de la nueva desdicha. Esta traición deliberada concuerda con el personaje que Dios ilustra del Diablo (el rebelde, el maldito), ya que debe llegar un instante en el que se rebela contra Él, y esta ocasión pareciese suficientemente meritoria.

Es entonces que Dios, acariciando su recién estrenada autoridad, empieza a pintarse a sí mismo como Bueno, y condena a la Serpiente a la marginalidad criminal de lo Malo. Como pantallazo inicial de su reinado envía a uno de sus esbirros a que ejecute a la Serpiente, puesto que su propaganda la señalaba a Ella como autora material de la nueva maldición de la especie humana (esto pareciese ser no más que un montaje espectacular, dado el caso de que ésta reaparece para ser pisoteada por su Sierva Mayor, la virgen María, además de que según Él mismo cuenta fue Ella la que se alejó voluntariamente de su lado, por cuestiones de la más sediciosa rebeldía). Dios asume el trono adjudicado mediante la más bella de las operaciones políticas (el fraude de merecer la Expulsión del Paraíso), y sus primeras disposiciones de monarca son las de prometer la reinserción en el Paraíso para el Hombre y la Mujer humanos si es que éstos se muestran obedientes a sus consignas, que son las del Bien, y aterrorizarlos mediante una mitología extraña y sin embargo exquisitamente imaginativa para que ni siquiera osen con permitirse una ojeada a lo que hace la Serpiente, que desde ahora es simplemente el Mal: la venganza dura del Infierno.

Nada ha dicho la Serpiente hasta ahora. Todo lo ha dicho Dios Padre, que amenaza oficiarlas de fisgón omnipresente, de policía de su propia Ley, de Juez inamovible y absolutamente parcial, pero de verdugo... “ah, te digo que la Serpiente, Yo jamás castigaría. Es Ella la encargada del Mal. Tal vez Yo te condene sin misericordia alguna por no acatar ciegamente Mis caprichos, pero de lo demás se encarga Ella. Yo traeré sonrisas a tu boca maldita... una vez de que acabes de amontonar mis bananos y desfallezcas adorando Mi efigie parca y descolorida. Pero, oye: para siempre, ¿eh? Para siempre.” Una vez más se sirve de su carta maestra para asegurarse la incondicionalidad de sus adeptos, una vez más utiliza a la Serpiente, que de seguro andaba entonces bailando con las mujeres aún no temerosas, ocupándose de sus propios asuntos, y la señala como ejecutora de su política vengativa y castigadora, sin voz alguna desde que le apartó de su comando monarcal. Eso, aunque hubo de serle útil para generar la excusa perfecta a fin de arrastrar a la especie humana de la fertilidad sensual del Paraíso al yermo eriazo del trabajo a lomo. De repente y el arcángel aquél hasta le repartió sus monedas después del éxito de la operación. Todo esto de acuerdo a Su versión de la historia.
Repasemos el siguiente pasaje de la serie estadounidense (completamente contemporánea) South Park:

(.continuará..)

4 Comentarios:

Blogger MiraB dijo...

Si repasas bien el libro de Job, notarás que Dios y Satanás no están para nada peleados, y que Satanás detesta a los seres humanos, por ser viles, traicioneros y poco dignos del amor divino, del cual se muestra muy celoso. Y es más, trata de encontrar una sóla mención del diablo (no de Satanás o de la serpiente) en la Biblia; hasta ahora no la he encontrado. O pregúntale a un judío qué piensa del diablo, mejor.

3:54 p.m.  
Blogger Ilá Al-wálad & Sarira Tintaya dijo...

Fascinante....!

El diablo es adulador y perdona nuestro errores.
Miente y nos complace hasta ganar nuestra fe
Poco a poco se gana nuestra comfianza
viva satana....!

Besos endemoneados...!

2:11 a.m.  
Anonymous Anónimo dijo...

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11:11 p.m.  
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